La Didáctica

Breve historia

Uno de los errores más frecuentes que a menudo comete quien por primera vez oye hablar de los métodos utilizados por el IISC para enseñar latín y griego es pensar que estos son métodos modernos, sistemas innovadores y un poco excéntricos ideados en el pasado siglo por algún estudioso deseoso de proponer una cosa nueva y que nunca se había experimentado antes, para sustituir el método tradicional de enseñanza de las lenguas clásicas.

Pero, ¿cuál es el método tradicional? La mayoría (y, ay de nosotros, ¡también muchos profesores!) no tendrían dudas sobre la respuesta: aprendizaje memorístico de la gramática, construcción de la proposición, traducciones. Sin embargo, contrariamente a la opinión común, ¡este método analítico-traductivo fue introducido en el siglo XIX!
A partir de las experiencias de las escuelas humanísticas formadas en el Renacimiento hasta el siglo XIX, la didáctica de las lenguas clásicas era bastante más parecida a la que usamos en nuestro Instituto. El latín se enseñaba en latín y el griego en griego, los estudiantes comprendían la lengua empapándose directamente en ella, sin necesidad de recurrir continuamente a la descomposición sintáctica y a la traducción.

 

La “tradición” de la enseñanza del latín y del griego por lo tanto se ha basado, más o menos ininterrumpidamente, en el uso directo de la lengua durante veintitrés siglos. Sólo muy recientemente, desde hace un par de siglos, esa didáctica se transformó en la ejercitación puramente teórica que conocemos hoy. Sobre la eficacia de uno u otro método no sirve preguntarse: basta reflexionar sobre el hecho de que históricamente, la introducción en Europa del nuevo método analítico-traductivo nacido en un ambiente germánico algún decenio antes, coincidió con el momento en el que, en todo el continente, se dejó de hablar en latín y, sobre todo, gradualmente se olvidó cómo comprender los textos redactados en esa lengua.

Llegado a Italia, el nuevo método no tardó en levantar las protestas de los más insignes intelectuales de la época, conscientes del hecho de que el criterio de enseñanza transformado estaba minando, tanto repentina como radicalmente, los fundamentos de la enseñanza. Por ejemplo, así se expresaba al respecto Niccolò Tommaseo a mitad del siglo XIX:

“¿Por qué sufren tanto los jóvenes para aprender esta lengua si ellos aprenden fácilmente de repente más lenguas vivas? Porque aquella lengua permanece en su pensamiento muerta; porque, fuera de la escuela y las tareas escolares, la arrojan fuera de sí como si fuese algo molesto. Sería más provechoso oír hablar latín continuamente y responder media hora al día, que estudiar la gramática siete […]. Por el camino del análisis no aprendemos, ni los muchachos, ni los hombres: por ello nosotros mismos nos damos cuenta de lo aprendido. La vida consiste en la síntesis”.

Y otra vez en 1894, llamado por el entonces Ministro Italiano de Educación para “indagar las causas y señalar los remedios” respecto a la degeneración en la enseñanza del latín, Giovanni Pascoli escribía:

“Se lee poco, y poco genialmente, sofocando el sentimiento del escritor bajo la gramática, la lingüistica. Los más voluntariosos se atascan, se aburren, se entorpecen; y recurren a traductores, no obstinándose más frente a la dificultad que, a menudo equivocadamente, creen más fuerte que su paciencia. […]Tambien en los institutos, en algún instituto, por lo menos, la gramática se extiende como una sombra sobre las flores inmortales del pensamiento antiguo y las entristece. El joven sale, como puede, del instituto y deja los libros: Virgilio, Horacio, Livio, Tácito de los que cada línea, se puede decir, escondía un encaje gramatical y costó un esfuerzo y provocó un bostezo”.

De nuevo, en 1905, la Real Comisión para la ordenación de los estudios en Italia así se expresaba:

“El método adoptado en las escuelas para la enseñanza de las lenguas clásicas es el más dificultoso y el menos rentable; sirve poco al conocimiento de la lengua, sirve mucho menos al conocimiento del espíritu literario”.

Desafortunadamente estos gritos de alarma resonaron vanamente y el método analítico-traductivo se fue difundiendo en Italia y en Europa. Los profesores, preocupados por parecer poco actualizados o por perder la credibilidad “científica”, no quisieron abandonar el nuevo método germánico, poniendo fin así a una tradición didáctica que se remontaba a la antigüedad.
Sólo a mediados del siglo XX algunos estudiosos (en los que queremos recordar al menos a Rouse, Appleton y Ørberg) disconformes con la situación en la que estaba la enseñanza de las lenguas clásicas en las universidades de Europa, decidieron recuperar los antiguos métodos. Fue así cómo vieron la luz algunos de los experimentos más logrados de nuestros tiempos.

Haciendo referencia a las experiencias que le han precedido, el Instituto Italiano de Estudios Clásicos basa sus propias enseñanzas en el método inductivo-contextual.
En la elección de sus metodologías el IISC se sirve de las más modernas técnicas de transmisión de lenguas vivas, pero basa toda su actividad en la tradición de las escuelas humanísticas. Los métodos propuestos por nosotros nunca son fruto de un estudio de la didáctica abstracto, sino que se basan siempre en el legado de los grandes estudiosos del pasado. Es por ello que siguiendo las huellas de los humanistas confiamos en la eficacia de nuestros métodos, después de haber observado el éxito en las experiencias del pasado.